Sé que había dicho en mi anterior artículo que no iba a leer nada más de este filósofo. Por motivos varios, tales como que es muy pesado para leer y porque su obra se fundamenta en las de otros congéneres. Pero como este ensayo es uno de sus mejores obras, según los críticos, pues me he permitido la licencia de leerlo y exponer lo que más me ha llamado la atención, para la posteridad. Pero lo dicho, un poquito de toxicidad añadida...
La sociedad disciplinaria (la nuestra del siglo XX) ya no se corresponde con la sociedad del rendimiento (siglo XXI). Sujetos de rendimiento por sujetos de obediencia (en la que os incluímos los de nuestra generación). Los proyectos, iniciativas y motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A nuestra sociedad disciplinaria le rige la negación que generaba locos y criminales. La de rendimiento, por contra, produce depresivos y fracasados. El inconsciente social pasa del deber al poder.
La moderna pérdida de creencias, que afectan a Dios, al más allá y a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo efímero, así como el mundo en sí mismo. Nada es duradero y surge el nerviosismo y la intranquilidad, debido a la pérdida de la capacidad contemplativa. Ya lo dijo Catón: "Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo".
Actualmente somos más Narcisistas que en ningún período de la historia, y en esta fase no es que no se quiera concluir nada, sino que no somos capaces de hacerlo. El rendimiento fuerza a aportar más rendimiento y nunca se alcanza un punto de reposo grato. Se vive con una sensación de carencia y culpa. Al competir contra nosotros mismos, tratamos de superarnos continuamente hasta que nos derrumbamos. El colapso psíquico (Burnout ó síndrome del quemado) está asegurado.
La actual sociedad del rendimiento, con sus ideas de libertad y de desregulación, elimina barreras y prohibiciones, que constituían nuestra sociedad disciplinaria, en contraposición a esta deslimitación total y falta completa de barreras aparece una promiscuidad generalizada, como nunca antes se había visto.
Y así vemos tanta depresión que se siente al estar extenuado a causa de la propia soberanía, o sea, aquel a quien ya no le quedan fuerzas para ser dueño de sí mismo, cansado de la constante exigencia de iniciativa.
Y así surge la locura por estar sano a cualquier precio. La vida en la sociedad del rendimiento es sagrada, porque despojada de toda trascendencia, queda reducida a la inmanencia de la mera vida, que hay que procurar prolongar por todos los medios. La salud es elevada a nueva diosa, pero esta vida parece la de un muerto viviente. Somos demasiado vitales para morir, pero estamos demasiado muertos como para vivir.
En la época del reloj para fichar era posible separar el trabajo del ocio. Hoy la nave industrial se mezcla con la sala de estar. Por ello, es posible trabajar en todas partes y a cada momento. El ordenador portátil y el smartphone son campos de concentración perfectos.
La actual sociedad de la supervivencia que absolutiza lo sano, elimina lo bello. Somos zombis de la salud y el fitness, del rendimiento y del bótox.
Disponemos de tres formas de vida libre. La vida que se consagra al disfrute de las cosas bellas, la que produce acciones hermosas y la vida contemplativa. Por tanto, los únicos realmente libres serían los artistas, los políticos y los filósofos.
Un apunte sobre los políticos. No se refiere a los actuales que viven a base de decretos-leyes. No son libres porque cuando la política no permite alternativas, se asemeja a una dictadura. La del Capital, hoye en día. Los políticos de hoy son esbirros del sistema. El político tiene que actuar como hombre libre. Tiene que producir actos y formas bellas de vida más allá de lo necesario para la vida y lo útil. Modificar la sociedad para que sea posible más justicia y felicidad, generar un nuevo orden social.
El mundo actual se ha convertido en unos grandes almacenes para llenarlo de cosas con una duración y validez cada vez más breves. Nos asfixia. Es un manicomio en el que parece que lo tengamos todo, pero nos falta lo esencial: el mundo. La masificación ha desplazado al vacío. Se ha perdido toda referencia a lo divino, al misterio, a lo superior, y con ello hemos perdido toda capacidad de asombrarnos.
Sí. Vivimos en unos grandes almacenes en los que nos vigilan y manejan como a títeres. Sería necesario escapar de esos grandes almacenes y convertirlos en centros festivos en los que realmente merezca la pena vivir.